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viernes, 31 de agosto de 2012

Madrugada de hermanos.



Sergio Rodríguez

Pocas cosas debe haber más lindas que un amanecer de invierno. Claro, cuando es seco, límpido y con sol. Si corre brisa, mejor. Un fresco suave y ligero recorre la cara recién despierta. Ligero, porque el sol si ya deslumbra, entibia la ráfaga.
Así era ese domingo. Lito, se había levantado temprano un poco malhumorado. No le gustaba levantarse los domingos a esa hora, pero había que laburar. Los tres pibes y la señora (que también trabajaba) se lo merecían. Era eso de las 7 y ya estaba en el auto. Un Corsa nuevo, recién comprado, el sueño de su vida. Trabajador “independiente”, había logrado al fin cambiar el viejo cascajo que se venía abajo en cualquier bache, por ese lindo “fierro”. Bueno, tampoco para exagerar. No podía negar que cuando veía pasar un BM... un respingo de envidia lo fastidiaba brevemente. Pero para la edad que tenía y el oficio, se la había rebuscado bien. Más, teniendo en cuenta que nunca aceptó un peso del padre. Estuvo preso por defraudar aceptando coimas, a la empresa del estado en la que era gerente de compras y el Lito, hombre de ley, nunca se perdonó. Claro que para el Corsa, la casa y el estudio de los pibes, él y la flaca habían tenido que deslomarse. No era la primera vez que se levantaba temprano y se iba a trabajar “un rato”, hasta las “pastas” del domingo.
Así iba, perdido en sus pensamientos, cuando lo agarró el semáforo de la villa que siempre lo agarraba. Paró a esperar la verde. Él no era de esos pequeño burgueses pelotudos que creen que porque ahí vive gente pobre era más peligroso que en otros lados, él respetaba las normas de tránsito y creía en la honestidad de los pobres. Por eso militó de joven en Clase Proletaria, el partido de vanguardia al que los obreros nunca alcanzaban.
En eso, por la ventana del conductor, por la misma que entraba la brisa, asomó un revólver y una cara odiante que le decía: corréte. Del otro lado, alguien abría la puerta y se sentaba apuntándolo con una pistola. En un santiamén quedó encerrado entre dos pibes, excitados. Nerviosos, temblorosos, lo puteaban y amenazaban mientras le daban unos culatazos en la cabeza y las costillas mientras le decían: ¡agacháte, tiráte al suelo boludo!. Lito no entendía nada. Eran pibes mal vestidos, con los jean y las zapatillas ajadas, los pulóveres desteñidos, igual que los pasamontañas que les semicubrían los rostros.  
Asustado se tiró al suelo, sin atinar a decir nada. Sólo se le cruzaban los rostros de sus pibes y de la mujer. Quedó en el piso hecho un ovillo. Mientras, interminablemente el auto daba vueltas y vueltas. Los rebotes le informaban que eran calles llenas de agujeros y el “rascado” de las cubiertas, que se habían metido en tierra y barro. A partir de ahí la velocidad era escasa y el recorrido muy “enroscado”. Pararon, quiso levantar la cabeza para mirar y un culatazo del tercero que iba atrás, se la bajó sin apelaciones. Pero notó una diferencia, éste le gritó: “¡Bajá la cabeza imbécil!”. Éste hablaba distinto, usaba palabras como las que el mismo Lito solía usar. Además no se las tragaba, se las podía entender mejor. Eso sí, estaba tan acelerado como los otros dos. Seguramente estaban merqueados.
De pronto un grito del acompañante cambió todo. ¡Pará bolú que están los verdes!. El coche frenó de golpe, giró en seco y se metió de nuevo en el laberinto. Después, el mismo griterío, otra frenada y una chorrera de puteadas y palabras ininteligibles mientras el acompañante reventaba a culatazos a Lito que literalmente se estaba cagando y meando. Frenaron nuevamente, pero esta vez abrieron las puertas y con un arma entre las costillas lo bajaron al tiempo que ellos hacían lo mismo. Lito alcanzó a ver gente en las puertas de las casillas. Algunos miraban con rostros preocupados, otros risueños, la mayoría se metió adentro corriendo. Mientras, Lito escuchaba un griterío entre sus captores.
Trató de calmarlos. Tranquilos muchachos... ¿Qué quieren ...? Abrió la billetera y sacó los pesos que llevaba, también los dólares que había enrollado en la media izquierda. El “Nariz” se los agarró, mientras le gritaba al “Panza” que le apoyaba el arma en las costillas: ¡boleteálo, boleteálo...! Lito sentía como le temblaba la mano al “Panza” mientras decía: -¡No loco, no...! ¿Para qué?... Se metió Roby: hacélo, hacélo... ¿No ves que ya nos vió las caras?. Aterrado Lito atinó a decir: Herma..no, lleváte el auto, pero a mí no me hagas nada, no los voy a denunciar... no soy buchón... Tengo pibes ... Fue peor. ¿Ahh..., así que no sos buchón, nos querés tomar de giles? Dijo  el Nariz...  Ahora porque estás cagado, después rajás a batirnos... Sacudíle bolú, le insistió al Panza. Mientras Roby apuraba, ¡metéle el cohetazo y rajemos que se nos van a venir los gendarmes! Lito quiso salir corriendo y escuchó un estruendo como si el cielo se viniera abajo... sintió un dolor muy fuerte en la espalda... dio vuelta la cabeza y volvió a decir, ¡no hermano, no ...! Comenzó a caer... sentía todo en cámara lenta. Toda su vida pasaba por su vista como una película... La cara de la vieja dejándolo en el jardín de infantes, el nacimiento del hermano, las visitas a Devoto para ver al padre, el frío del patio de la cárcel y el viejo sin afeitarse tratando de darle explicaciones a la madre que no paraba de llorar. El primer baile... ¡le llamaban asalto!. El primer levante, la flaca... cuando conoció a la flaca... las primeras relaciones sexuales... el casamiento, el nacimiento de Cachito... y la nena... la nena... y Pichin... tan chiquito... Y cuando bailaba rock todos lo miraban, igual que hoy. Y ahora que le había tomado el gusto a una cumbia de vez en cuando. ¡Cómo lo divertía el desparpajo de Los Pibes Chorros!. ¡Qué frío, como pesan las piernas ...! Que sueño... los ojos se cierran... Se quedó dormido para siempre.
Mientras, los chorros, o secuestradores fracasados... vaya a saber qué, rajaron cada uno para un lado diferente. Eso sí, el Nariz primero le dio la guita al Roby. No quería “rollos” con el jefe.
Cuando salió de la villa, con el gesto de siempre, Roby se arregló la ropa, se pasó el peine, se limpió las zapatillas contra el Pierre Cardin que llevaba como jean, paró un taxi y se volvió a la casa en las Lomas de San Isidro. Era como las 9. Entró por la puerta de servicio y trató de subir sin hacer ruido. El padre, que  como todos los domingos ya estaba en el comedor de la cocina desayunando y leyendo Ámbito Financiero, pegó un grito: -¡Vos no vas a cambiar nunca!. Roby hizo como que no lo había escuchado y siguió su ruta al dormitorio. Se tiró a la cama, se mandó el Dormicum de 15 y se durmió. Se despertó a las 5  de la tarde. Se bañó y se fue a darle el parte y la parte al jefe. El comisario estaba con cara de culo. Lo barajó con un -¡Pero ustedes son boludos o se hacen!. Suerte que lo limpiamos al negro de mierda ese, que si lo agarran los gendarmes y nos canta, vos y yo perdíamos. Roby no podía entender. –Jefe: ¿De quien habla?. -¿Cómo de quien, te hacés el pelotudo vos? Del Nariz. ¿De quien va a ser? Lo enganchamos cuando ya tenía a los gendarmes encima. Suerte que le dimos, sino nos bate a todos. Roby no lo podía creer. –No jefe, no, el Nariz era de una, jamás hubiera abierto la boca. Ah... así que sos tierno vos, me parece que te va a hacer falta la medicina que la que le hicimos tragar al Nariz... –¡No jefe no, sabe que soy suyo hasta la tumba... mire, aquí está la guita, no tocamos un peso. Como siempre usted nos da lo que nuestro y yo le llevo su parte a los pi... digo, al Panza. Bue... dáme y andáte. -¿Cómo andáte? ¿Y nuestra parte? -¿De qué me hablás? -¿Con dos fiambres en el medio, te traés unas monedas y encima me hablás de parte? ¡Olivá rápido o sos boleta vos también!
Roby se  fue pateando piedras. ¿Qué carajo le decía al Nariz? Seguro que se perseguía paranoiqueando una mejicaneada. Los vió de lejos, estaba con su barra. El Negro, el Polaquito, el Barba, el Ojo. Estaban chupándose unas birras. ¿Iba? Por ahí lo querían fajar. Se tocó la máquina. Cualquier cosa pelaba. Contó. El Nariz ni pensó, de un solo botellazo lo durmió. Después habló: -¡Hijo de puta... currar al Nariz! Ayúdenme que lo tiramo’en la tosquera. Se lo llevaron arrastrándolo como si fuera un borracho. Don Julio los vio pasar y pensó estos pibes cada vez peor, el borracho parece un muerto. Ya en la tosquera le ataron un eje del ferrocarril abandonado al cuerpo y lo tiraron.
Después, desde el celular del Roby le hablaron al padre y le exigieron unos miles de dólares por el rescate. El viejo no les creyó, pensó que era otra avivada del hijo y los mandó a la puta que los parió. No quisieron insistir, estaba pesada la calle, no se habían preparado para la ocasión y los podían cazar.
¿La inseguridad urbana, vio?


Gozando de picos y cavernas… la angustia acecha…



En tiempos cercanos a la atención del paciente descrito anteriormente, el novel recibió una consulta que despertó su curiosidad. Un hombre joven, entre treinta y cuarenta años, lo requirió porque dos fobias le dificultaban su vida social. Una, no podía ir a reuniones festivas que se hicieran en pisos altos por temor a caer al vacío. Otra, no podía ir en subte, porque entraba en pánico. Hombre de capas medias, medias; no tenía automóvil ni dinero para taxis. Esta fobia, lo limitaba por ese lado. Hasta ahí lo sorprendente, era la portación de fobias tan opuestas. Cuál no sería el asombro del novel, cuando se enteró que la profesión del consultante era Espeleólogo y su deporte preferido, el andinismo. Lamentablemente no hubo tiempo para investigar. Después de la segunda entrevista, no volvió más. ¿Alguna interpretación kleiniana toscamente enunciada? Seguramente. El útero materno y las tetas estaban tan al alcance de  las manos… digo, de las palabras…

jueves, 2 de agosto de 2012

Tacatac tacatac, tacatac tacatac, tacatac tacatac


Era enorme. ¡El más grande!. Pelo blanco, totalmente blanco. De grandes bigotes también blancos. Barba mal afeitada, canutos blancos, que cuando me levantaba y me besaba a pesar de que yo doblaba el cogotito lo más que podía para qué no, me raspaba con suavidad y dolor. Pero a pesar de su cara de lija, ¡cuánto lo quería!. Cuando tenía mi cuello lo más estirado y lejos posible, aprovechaba y me hacía cosquillas con sus bigotazos. Que orgulloso me sentía cuando me venía a buscar para llevarme a pasear. Él casi no hablaba. Eso sí, me decía Pichi. Pichi Pichi. Me tomaba de  la mano que se perdía en la suya y me llevaba a ver pasar los trenes. Caminábamos en silencio. Sólo se oía silbar a su pecho. Como un adelanto de lo que luego iba a escuchar de las locomotoras. Miraba siempre adelante, tristemente, pero siempre adelante. Su mirada se perdía lejos, muy lejos. Yo no sabía adonde. Hoy recuerdo y creo que se perdía en su amada Sevilla que nunca más volvió a ver. Caminaba despacioso. Ahora me doy cuenta que seguía mis pasitos y los de su asma.  Seguro, me apretaba la mano de la que me llevaba para evitar sorpresas de chico y yo sentía sus huellas agrietadas por la cal. Mi abuelo era albañil.
Caminábamos por la subida de Brasil. El trote cansino de los percherones tirando de los carros cargados de carbón, el ruido hueco de sus cascos sobre el empedrado y ese olor inconfundible de mucho Cooke quemado. Qué curioso. Él y mi abuela decían carbón de coque y hasta muy grande, 20 años o más, yo creía que a la planchita de hierro mi abuela la calentaba en carbón de coco. Tardé mucho en relacionar el coque de ellos con el Cooke de  los ingleses. El peñón siempre se metió en el medio.
Finalmente llegábamos al viejo puente de metal, bah yo creía que era viejo –vaya a saber-. Nos parábamos, mis narices contra el enrejado entretejido. Parecido al de madera de la casa de la tía Antonia. Mirábamos pasar los trenes. Su mano no aflojaba la mía. Iban y venían, sonaban los pitos de las locomotoras y el tacatac, tacatac, tacatac, tacatac, al compás de las bielas de las locomotoras. Una vez él, mirando una mucho más chica  que tenían dentro de una vitrina de vidrio en el hall central de la estación Constitución, me dijo que no era un juguete como yo quería, sino una maqueta y que lo que yo creía que era su brazo se llamaba biela. Por eso desde muy chico supe que eran: maqueta y biela. Ninguno de mis compañeritos de la primaria lo supieron hasta que fueron mucho más grandes. Y yo orgulloso, usaba cada vez que podía las palabras biela y maqueta.
Y cuando pasaban los trenes aspirábamos largas bocanadas de humo negro y olíamos ese olor que largaban tan de abuelo. Mientras, yo sentía vibrar el piso del puente bajo mis pies. Pero no me asustaba, me sentía seguro. Porque mi abuelo me tenía de su mano.
Pero mi abuelo se murió. Era el invierno de 1944, mi abuelo estaba triste. Otra vez en Europa los hombres se mataban. Y en su Sevilla ondeaba la bandera de Franco. Que había perdido la franja morada de la republicana. Se ve que para él todo eso era muy importante. Porque mi abuelo no podía dejar de estar triste. Se ahogaba en su tristeza, hasta que el ahogo duró tantos días que su corazón dejó de bombear. Como si a alguna locomotora se le quebrara una biela. El Boby, que lo acompañaba siempre al lado del bracero mientras él tomaba mate y miraba triste, después que se lo llevaron en un carro muy grande y muy negro tirado por cuatro percherones negros y con todo el barrio haciendo silencio y entornando las puertas, se tiró en el umbral de su dormitorio y no comió más hasta que se murió 15 días después. Se ve que al perrito se le ocurrió lo que a mí no, que había una forma de seguir yendo con mi abuelo a mirar pasar los trenes desde el puente. Claro, él era un pichicho. Yo apenas un pichi

Poliladron en la vecindad


-¡Al que se mueva, lo quemo! Gritó con vos estentórea, una rubia con una 9 milímetros y manos rápidas. En tanto, uno de campera que sólo dejaba ver las cejas y la comisura de los ojos manoteaba carteras. Asustada una de las hermanas que estaba mateando con el que en unos días más se volvería a Alemania, le partió el labio de una piña a la susodicha mina, cuando  el de campera le manoteó su cartera. La rubia se descuidó ante el golpe y se ligó un sillazo que pegó, otra hermana.
El hermano, era un tipo de suerte. Rajando de la crisis del 2001, había recalado allá. Y ahora que los europeos se la veían fule, estaba en uno de los pocos países que se la bancaba. Por eso, se vino nada más que por 15 días. No quería descuidar su trabajo de albañil. Recién habían terminado una obra y ya comenzaban otra. Los euros de que podía disponer, le habían dado para el viaje, y para regalos que les trajo a todos. Y eran unos cuantos, cinco hermanas, los maridos, los sobrinos… y… Cómo treinta. Él era el menor. Y aún soltereaba, pero estaba cada vez más enamorado de una turquita con unos ojos y unos labios… Encima no hablaba y era sumisa. Bueno, esa es la costumbre en Turquía, a la antigua, el hombre manda y la mujer agacha la cabeza. Encima, cuando hablaban, ella lo hacía en turco y él en porteño. Sí los españoles no lo entendían y los centroamericanos mucho menos, imagínense la turquita. Con los únicos que se entendía, era con lo yoruguas que por supuesto, no querían que les diga así. Pero con la turquita se entendían  por contacto. ¡Qué piel, qué sexo, mamma mía!
Pero me fui al carajo. Como les contaba, con el grito del compañero, la asaltante se distrajo, y otra hermana le pegó un sillazo. Todas se alzaron, también los maridos y los pibes. La única que permaneció impasible como siempre, hamacándose en su reposera que le habían comprado para el cumpleaños de noventa, fue la abuelita. Sólo se movía su boca desdentada con el ligero temblor de siempre. Ni miraba. Vaya a saber en qué mundo andaba su cabeza, o en que nube.
La cosa es que los chorros, ante la reacción inesperada de la tribu salieron disparados, corriendo locamente y con la familia detrás. Vieron pasar una camioneta a los tumbos por el “mejorado” de la calle… en verdad, el desmejorado, y saltaron a la caja. A los gritos le decían al conductor mientras le mostraban el arma, que acelere, que los perseguían unos ladrones. El fletero, asustado ante la nueve milímetros, aceleró de golpe. Por efecto del acelere del fletero y de ellos, ambos fugitivos fueron a dar contra el suelo. La jauría argentino alemana (si el hermano obtenía la ciudadanía alemana, por lo menos las hermanas, estarían en condiciones de obtenerla también) se acercaba a todo lo que daba. Ellos corrían lo más rápido que podían. Un inspector de tránsito, al ver la escena simuló tener un arma bajo la campera. Sólo era un celular, pero el de la campera, que hacía poco había terminado de purgar su primer condena en un penal provincial, ya no sabía ni donde  tenía la cola la vaca. La rubia que ya no era rubia porque se le había caído la peluca con que se había camuflado tiró el arma a la zanja para desagües pluviales y se entregó. Lo mismo hizo el de la campera.
El clan de asaltados quiso aprovechar para lincharlos, pero el humilde inspector de tránsito con su módica arma celular bajo las ropas los disuadió. Y los convenció, para que lo ayudaran a llevarlos a la comisaría, donde los entregó. Mientras, un vecino rezagado, aprovechó la turbulencia para levantar el pistola tirada en la zanja y llevársela. Por si acaso tuviera que defenderse de algún asalto. O si encontraba un interesado, o reducidor, venderla y hacerse unos manguitos que nunca vienen mal.
Al día siguiente, en primera plana del diario del pueblo, salió: Mujer policía vecina, involucrada en un asalto. Sorpresa en el pueblo, más, porque la involucrada habitaba un pueblo vecino. Y usted sabe, en los pueblos, todos se conocen. Como la mano venía pesada, el comisario, más rápido que un bombero levantó el sumario, los mandó entre rejas y convocó al juez de turno.  Éste, se molestó porque lo habían llamado a finales de enero. Cuando por la feria judicial (¿le dirán así por lo que ese oficio tiene de compraventa?), él estaba cargando con los asuntos de cuatro juzgados. Pero fue, otra no le quedaba, e inició los interrogatorios.
El de la campera, era fácil. Portaba cara, color de piel, y antecedentes. No obstante el juez subrogante, se llevó una primer sorpresa. Estaba trabajando de albañil. ¿Y dónde? En la casa que asaltó. Por eso llevaba la campera con la capucha que le tapaba toda la cara. Y la que amenazó a los gritos fue la mujer. La que por bocona, se comió un labio partido. Pero segunda sorpresa. ¿Qué hacía esa mujer policía con una foja de servicios impecable, metida en ese hecho? Lo ayudó a investigar, enterarse que el de la campera, vivía en la casa de al lado de ella. Pero el choreo no se contagia por vecindad. ¿Qué la llevó, a asociarse con el albañil que había armado el “bondi” con los datos que había levantado trabajando en la casa de las víctimas? ¿Qué lo llevó a él a reincidir?
Y ahí surgió una historia de amor. Charla va, charla viene, empezaron a salir. Sólo como amigos. Él le contó su historia. Enamorado de una mujer, esta no se conformaba con su amor y su condición de humilde albañil. Le pedía cada vez más dinero. Hasta que un día en un rapto de ira le espetó: -¡y bueno, si lo que traes es lo único que podés ganar, salí a robar! Para él, fue como una orden. Aprovechando, las vacaciones de la gente de una mansión del country, salto el alambrado, rompió la puerta de atrás y entró a embolsar todo lo que veía brillar. Más allá de los nervios de la primera vez, las cosas le resultaron fáciles.



Manos


Tocando el pan con los manos…
Se acercaba la mitad del siglo XX. Los Señores Vasena y don Hipólito, desataron una semana, radicalmente trágica. Resolvieron a tiros la huelga en los talleres metalúrgicos. Remató un anti-personalista  alvearizando al gobierno. Cuando el ex comisario y pequeño terrateniente volvió a yrigoyenizarlo, sólo leía solo, el diario que le imprimían “sus amigos”. ¿Se hacía el distraído, o su cabeza estaba en otro lado? Ya viejo, tal vez en el Averno.
Chirinada. Uriburu “hizo patria” un año. Fraude va, fraude viene. Luego, un Justo que no era Juan Bautista Justo, sino Agustín Pedro DESAjusto. Los obreros de la construcción reajustaron al desajustado, con tres meses de huelgas, cascotazos, algunos muertos. Luego un diabético amargado y anti-personalista, acompañado por un Castillo de naipes de nombre Ramón. Desastre nacional. Indecisión sobre la 2ª guerra europea. ¿A quién apoyar? Europa se creía el mundo, y la llamaba: Segunda Guerra Mundial. ¿O el nombre se lo dio la isla japonesa. La que provocó  en Pearl Harbour a USA, y rápido el tío Sam mandó soldados a fines del 41. Y... murieron miles de soldados brasileros.
En Buenos Aires, algunos oficiales le habían tomado el gusto a las chirinadas. Se habían unido en un grupo. Para unos, puro grupo. O un asunto, de a quien servir en la matanza europea. Pero otro, pensaba más allá. Y hacía. Desde la Secretaría de trabajo y Previsión, prevenía. Mejor “prevenir que curar”, dar un poco, que perder todo. Una cosa,  quedarse con algún vuelto.  Otra, con toda la torta. Claro, los desajustadores, odiaban repartir algo. Así, que mejor aislarlo. Y para aislarlo, qué mejor que Martín García. Pero no contaban con la astucia de la compañera. Y la organización, de los que prefirieron pan para hoy, que promesas para mañana. Los desajustadores se asustaron y levantaron los puentes. Los obreros del sur, igual cruzaron el Riachuelo. En bote, lancha, nadando, como fuera. No querían que les quiten de la boca, el pan recién conseguido. Y para dar fe que estaba vivo y nuevamente en su lugar, el coronel apareció en el balcón. Por diez años, no se iría de él.
Los padres del viejo de nuestro cuento, eran muy jóvenes. Él, una historia de lucha  en el frigorífico. Ella…, lo de siempre… fregar, cocinar, lavar la ropa… Pero esta vez había escuchado que una piba de su edad, y linda como un sol, al frente de los negros de Avellaneda y  Mataderos, llevaba pelea para liberar a su hombre. Así que en menos que canta un gallo, se había sacado el delantal y con su hombre, se fue para la Plaza. Ahí estuvieron los dos contentos, poniendo el pecho, levantando sus manos al balcón y lavándose las patas en la fuente. Tenían dos pibes que quedaron en casa. Llorando abrían sus manitos llamando.
A partir de ese 17 de octubre, mucho cambió. Comían todos los días. Dejaron de pasar necesidades. Los hijos, serían profesionales. Pero su niñez, la pasaron en la universidad de la calle. La calle pasó a ser su madre, mientras su madre trabajaba en la calle. Recorría el barrio hablando con las vecinas, para que ninguna olvidara lo nuevo que vivía. Los contreras sabían hablar, eran doctores, ellos simples obreros y amas de casa.
A los chicos se les cerraron las manos en un puño, cuando en 1955 vieron como la policía se llevaba presa a su madre. Los despedía, sacando la mano por la ventanilla del autito de la “cana”. Se despedía haciendo la V. La misma V que habían hecho los gorilas en señal de  “Cristo vence – victoria”, cuando Aramburu y Rojas expulsaron al líder de la Rosada. Luego los de abajo, trocaron esa misma V, en Perón Vuelve.
Y la calesita del destino, nunca más quedaría mano a mano…  


La llegada del relevo
El país ardía,  mucho más, los jóvenes. Ardían por todos lados. Ideas, sexo, ilusiones. El mundo ardía. África y Asia dejaban de ser colonias. París, levantó fiebre en mayo de 1968. La primavera llenaba de flores a Praga y de tanques rusos. Aquél sueño, se había vuelto pesadilla. Tras su blindaje paquidérmico, llevaban los restos mortales de la última ilusión del siglo XX. Los vietnamitas, los negros y la juventud universitaria norteamericana, acababan con más de 30 años de guerra en Vietnam y muchos más de colonia. En un largo lagarto verde del Caribe de Guillen, barbudos desarrapados, estudiantes, y gastronómicos, habían volteado a milicos bananeros. Comenzaban una pachanga, poblada de esperanzas.  
Acá en el sur, hijos y nietos de 1918, retomaban viejas luchas y nuevas calles. Ya no estaba en el poder, quien redistribuyendo había pacificado el país. En 1955, los desajustadores lo habían echado. En 1958, sucesores de los obreros de Vasena defendieron la historia de Lisandro de Latorre, escudanso al frigorífico que llevaba su nombre. A tiros y gases, se lo quedaron otra vez, los “Roca Runciman” de la segunda época del siglo. Palos y piedras, frente a tanques y tanquetas. A ese ritmo, los estudiantes desbordaron las calles contra la privatización universitaria. Ya lo habían hecho en 1956. La saga continuó en 1969. Córdoba escuchó tronar a sus obreros. Volvían a exigir que se repartiera con mayor justicia, lo que producían sus manos. Otra vez, los estudiantes acompañaron. Hostigaban a policías y militares desde su tradicional bastión del barrio Clínicas. “El Cordobazo”, tuvo acta de nacimiento. Por si a los militares no les alcanzaba, lo coronaron con un Viborazo dedicado al milico interventor desvergonzado, que los había llamado víboras.
Contagiados por la maroma, jóvenes de diversos pelajes políticos pero no gorilas, se sumaban a lo que la maroma traía. Los jefes, recorrían el país.
Quiroga, fue a armar “orga” a Corrientes. De día se militaba, de noche, guitarra y “movida de tabas”. Alegraba el Chamamé, saltadiito, al compás de la cordeona. Las chicas suspiraban por el “porteño”. Alto, grandote, ojos azules, vozarrón de macho. Y… ¡Cómo fumaba…! Parecía el Clark Gable. Y miraba, cómo miraba. Parecía el Alain Delon. Dos generaciones se juntaban. Sus manos de dedos largos, eran toda una promesa. No se podía saber nada de él, era clandestino. Corría el rumor de que se había cargado  un cana, que tiroteó a unos cumpas.
A saltitos acompasados, una noche se enamoraron. Noche correntina, ardiente, corría la caña y la grapa. Y los ojos de ese porteño, su cabellera, sus bigotazos…

El codo sabio
Las caderas de la morena se movían mejor que nunca. Y sus ojos verdes… cruza de África y Alemania, parecían hablar… -¿De qué? De amor, boludo. El comentario y el codazo del amigo, lo hicieron aterrizar, la tenía con él. Se fueron del baile pateando piedritas y hablando de revolución. ¿Por qué las armas? –Y, sino, te amasijan como a Pampillón… Decía él, con voz grave y gestos de gravedad. Mientras, ella se sentía ingrávida como Gagarin en el cosmos.
Piedrita va, piedrita viene, lo fue llevando a la orilla del río. El Paraná les hablaba al oído. A cada uno, cosas distintas. Pero les sonaban iguales. La luna contenta los miraba cómplice, sonriendo. Hasta los grillos cantaban para ellos. En el aire, luciérnagas y Tucu tucus también les hacían guiños. Ella, imaginaba un hijo muy lindo, con los ojos y el pelo de ese churro. Él, tener ese cuerpo entre sus manos, sus dedos. Lo imaginaba vibrante, excitado, diciéndole cosas dulces. Ya en la orilla, una mata de pasto los acogió. Derramaron besos por todos lados. Los vientos revolucionarios habían levantado cualquier tabú. Ella sintió que él entraba hasta el fondo más recóndito de su alma. Él, que se le iba la vida en ese final cuerpo a cuerpo. Jadeantes, se miraron y se besaron tiernamente. Él la miró, con la sonrisa que la sedujo. Ella, se dejó estar entre sus brazos. Se durmieron. Ella soñó con un bebé. Él, con la toma de un cuartel. Ambos, despertaron radiantes. Vergonzosa, no le contó su sueño. Él, orgulloso, contó el suyo. –Íbamos en varios autos. Una compañera desde adentro, nos facilitó la entrada. Temblaban, como vos anoche. Todo se tensaba, y en un de repente, todo se acabó. Habíamos triunfado. Ninguno sabía, que había existido un tal Freud. Ni les importaba. Estaban muy contentos con sus sueños. Aunque ella no entendía por qué, no se había animado a contarle el suyo al compañero. Unos días más de reuniones y preparativos. Y… de noches de amor. Luego, la despedida. Algunas lágrimas en los ojos de ella, un nudo en la garganta de él.
Un par de meses después, la noticia inesperada. Estaba grávida. Los separaban mil kilómetros y sueños diferentes. Él quería acunar la revolución. Ella también, pero no sin acunar el hijo que llevaba en sus entrañas. Para él, la revolución, era el paraíso para los hijos que vinieran. Para ella, el paraíso de este hijo por venir. Cartas, teléfono escaso. Eran caras las llamadas y se interponía la clandestinidad. Él, explicaciones. Ella, llantos. Finalmente, cortaron. Un tiempo después, ella feliz con su niño y enojada con él, que se había borrado. Él, perturbado por el arrullo del Paraná. Ella arrullando a la criatura, mientras no podía dejar de odiar al porteño.

El tiempo pasa… y la revolución no llega…
El tiempo, indefectible, siguió su curso. Quiroga, arriesgó la vida, muchas veces más. Estaba entre los más buscados. Hasta figuró en un cartel pegado en las paredes, como los “wanted” del “far west”.
Como el lector podrá imaginar, otra mujer se le cruzó en el camino. También compañera… y de armas llevar. Durante una acción, la policía logró detenerla. En una de comandos, él y un grupo de compañeros la liberaron. ¿Qué más hacía falta para qué naciera el amor? Instalados como pareja, ella quedó embarazada. A él, se le cruzaron los fantasmas de Corrientes. Pero esta vez, no haría lo mismo. Ya vivían juntos y todo pintaba optimista. La oleada revolucionaria crecía. Incluso, volvió por unos días el viejo líder. Los presos políticos, fueron liberados en masa. Se pusieron a buscar nombres. Si era varón, Solano, viento del este. Si venía mujercita, Eva, la primera y única mujer. Y nada más ni nada menos, que el nombre de la que hizo del líder, la razón de su vida.
Nació una hermosa Evita. Luego, todo se volvió a complicar. Y, a pura pérdida. Cuando advirtió que el cerco se cerraba sobre él, en acuerdo con su compañera, huyó al exterior. Ella se escondió en un ignoto pueblo del que él era originario, pero en el que ella no era conocida. Los familiares de él, que no andaban en nada “extraño”, la podían cuidar. Durante un tiempo, ninguna noticia de él. De país en país, de changa en changa. Buscaba refugio y conspiraba. Volver, y hacer la revolución. El tiempo se fue espaciando, era muy difícil, casi imposible comunicarse. Alguna carta pasada por varias manos, para que los que los buscaban para matarlos no se “avisparan” donde se refugiaba ella con Evita.

El tiempo… la pregunta…
Evita crecía y preguntaba por el papá. Todos los chicos del jardín tenían papá. La mamá le explicaba, había tenido que emigrar. Igual no entendía. En el pueblo, había otros papás que habían emigrado. Pero… ¡Les escribían a sus hijos! ¿Por qué, el suyo no? Entonces, las manos de la madre sacaban esa única carta y se la leía. Acentuaba el párrafo donde el papá preguntaba por Evita y le mandaba muchos cariños y promesas de regalitos a su vuelta.
Él, desde el exterior, seguía preparando la revolución. Un día sus jefes lo mandaron de vuelta al país, había llegado el momento de reiniciar operaciones. Decidido, no dudó. De yapa, volvería ver a sus dos amores. Pero, alguien lo había “cantado”. Su primera cita fue con un albañil en el andamio de la obra en que trabajaba. Estaban en un noveno piso. Lo notó nervioso. Entró, en alerta. Por el rabillo del ojo derecho, vio a unos gendarmes subiendo desde el otro lado de la construcción. Rápido, se escurrió por donde había llegado y en el  punto oportuno saltó al techo de una casa. Y de casa en casa atravesó la manzana. Mientras, los gendarmes mataron al pobre desgraciado que bajo tortura había batido. Él, se les escapó. A rajar de vuelta. La puta q’ lo’ parió… Y sin haber podido estar ni una sola vez con su amada, ni con Evita, su amor ignoto.
Mientras, la farmacéutica, cada vez que Evita lo reclamaba, volvía a leerle la única carta. La que Evita no entendía, por más besitos y promesas de regalitos que trajera.
Inesperadamente todo cambió. Elecciones, los civiles volvían al gobierno. Él, a su Patria y sus dos amores. Pero,  nada era igual. Con la farmacéutica, se sentían dos extraños. Se separaron. Evita, preciosa y distante. No le perdonaba los años de ausencia sin cartas. Lo llamaba. Cada vez que acudía, lo expulsaba. La adolescente, ya no lo quería a él. Sólo quería, ser él.

Duro adolecer
Sexo, drogas y rock’n roll. La madre, desesperada, él impotente. No sabían qué hacer con ella. Ruta, moto de alta cilindrada, el novio al volante. Merca también, en alta cilindrada. Un camión zigzagueante, una mala maniobra, los dos volando por los aires. El muchacho, conmoción cerebral. Sobrevivió. Ella, una fractura. Ambos, creídos ser inmortales. Accidente y delirada. El destino era claro. Lo coronó el embarazo. Se fueron a vivir juntos en la casa de la madre de ella. Luego, al rancho propio. El romance sabía de golpes y noches pasionales. Luego, de la criatura. Los padres de ella, los ayudaron económicamente. Lo que junto a los mangos que el pibe juntaba en su tallercito, los mantenía. Los golpes y la “merca” seguían. Ella, consiguió de maestra. Largó la “merca”, se largó a criar al gurí. Él torneaba piezas, y de noche, cuando el pibe no lo dejaba dormir… Torneaba a la mujer y al pibe. Patadas y trompadas.

Forjándose a golpes…
Finalmente, como dios manda, se separaron. La muchacha largó la “merca” y se volvió obesa. No paraba con pan, pastas y dulces. El padre y la madre, cada uno desde sus destinos de vida, la ayudaron. La joven madre, se dedicó mucho al hijo y en los ratos libres, colaboraba en una organización de ex adictos. También, algún que otro novio. Finalmente el diablo metió la cola y se enamoró de un forjador. Sí, de esos que trabajan con yunque, martillo, hierro al rojo. Otro al que le gustaban los fierros, para una piba hecha a golpes.  Y desde siempre, con “fierros” en la sangre. Éste, también la mataba a trompadas. Volvió a vivir en casa de la madre. Al tiempo, ésta, con anuencia de su ex marido y padre de la piba, se mudó a la casa que él había heredado de los padres y que estaba desocupada. A la nuevamente suegra, se le volvía imposible convivir con los golpes del forjador sobre su hija. El nuevo romance de la piba, que ya no lo era tanto, duró unos años. Luego, lo de siempre, acentuado por el alcohol. Finalmente el tipo se fue. Poco después, le refregó una nueva minusa, paseándosela por las narices de la puerta de la casa. Para la piba, fue lo más. Se mandó una caja de barbitúricos sustraídos de la farmacia de mamá. Después, le mandó un mensajito de texto al hijo. Sí, ya había celulares. Le dijo: –cuidáme al Santo (el perro) y a los gatos. El pibe, que estaba en la pileta del club, salió corriendo en malla y ojotas tan rápido como le daban las piernas. Un horrible presentimiento lo azuzaba. Cuando llegó a lo de la madre, la encontró tirada en el suelo. Llamó a la ambulancia, que la cargó para la guardia. Ahí, lo de otras veces. Lavaje de estómago, cafeína, intubación, oxígeno. Al padre le avisaron por teléfono. Acudió presuroso. Cuando volvió en sí y todo estuvo bien, la puteó de arriba abajo. Mientras, llorando y a los gritos, le declaraba un odio proporcional al amor que le tenía y que suponía no correspondido. No podía entender, cómo le, había hecho eso a él.

El sueño del final.   
Para el ahora definidamente viejo, pasaban los años, las mujeres, las luchas. Pasó la vida. Y se sabe, “la vejez no viene sola”, viene mal acompañada. En plena decadencia, tuvo un sueño. Como antaño, se zambullía en el Paraná. Nadaba contra la corriente para llegar a un muelle. En él, estaba su madre, la correntina a la que hizo madre no reconocida, y su mujer al momento del sueño. A la que hacía tiempo, no cogía. A pesar que la amaba, no se le paraba. Llegado con esfuerzo al muelle, las mujeres ya no estaban. Subida la escalera, encontró sobre las tablas, unas manitos abiertas de chicos. Estaban, como pidiendo limosna. Dos, de un bebé chiquitito, recién nacido. Las otras dos, como de una nena grandecita. Más o menos, de la edad que tenía su hija cuando él se tuvo que exiliar.

La peluquería


Me resultaba fascinante. La puerta del baño entreabierta, mi papá de pie frente al espejo del botiquín. Yo, mirando de abajo. Él, refregaba la brocha contra un pequeño recipiente hasta que la espuma de jabón recubría totalmente los pelos de la misma que quedaban enrollados y terminados en un puntita, como un rulo. Luego se mojaba la cara y se pasaba la brocha con el jabón espumado, hasta hacerlo explotar contra ella. Sabía mucho de brochas, porque era pintor de paredes... y de cuadros. Claro que con estos usaba pinceles que eran como brochas, pero chiquititos y chatitos a veces redonditos. En cambio con las paredes usaba brochas parecidas a las de afeitarse, pero muu...cho más grandes. Con un mango de palo terminado en punta. En cambio el manguito de las brochas de afeitarse era distinto, de metal o de madera, pero torneado con firuletes. Así decía mi papá: con firuletes. Yo no entendía muy bien, porque cuando bailaba con mi mamá, también decía que bailaba la milonga con firuletes. Se ve que los firuletes son importantes. Cuando se había llenado de espuma la cara, agarraba la maquinita -de hierro, con un manguito que se atornillaba arriba a una chapita que tenía dientes, sobre la cual ponía la hojita de afeitar. Con esta había que tener mucho cuidado porque era muy filosa y cortaba. ¡Sí me habré cortado veces, haciendo deberes para la escuela, o cuando se me dio por hacer barriletes, o avioncitos con madera balsa! Porque la yilet, servía para muchas cosas. Luego se colocaba otra chapita medio curvada más chica, y finalmente se atornillaba el manguito. Terminado de hacer todo eso mi papá se pasaba la maquinita por la cara y se sacaba la espuma explotada. Yo no entendía para que se la ponía, si después se la sacaba. Algo me imaginé, cuando me acordé de que mi abuelo el español, cuando se ponía cariñoso me raspaba la cara con la suya que tenía barba. Seguramente mi papá se sacaba eso con la maquinita, para no rasparme la cara. Mi abuelo, el teniente coronel, también se afeitaba. Y yo tampoco entendía. Y menos aún, porque los fines de semana en vez de hacérselo él, venía Carmelo el peluquero para afeitarlo y cortarle el pelo. Se ve que era costumbre de militar eso de cortarse el pelo todos los sábados. Mi papá lo estiraba más, igual que yo, a una vez por mes. Eso sí, los tres, ¡Americana bien corta!. Nunca supe si por moda o para ahorrar. Además, cuando venía Carmelo, lo afeitaba con navaja a mi abuelo. Me encantaba ver como estiraba una especie de cuero que tenía, y sobre él afilaba la navaja. La navaja iba y volvía sobre él, de la mano de Carmelo, que en cada cambio, con un movimiento de los dedos que yo casi no veía, daba vuelta el filo sobre el cuero. Así que  era de un lado y del otro, de un lado y del otro. Luego, para probar si había quedado filosa, usaba la yema del pulgar izquierdo. Valiente Carmelo, yo no entendía como no se cortaba. Si andaba mi papá por ahí, se armaban unos debates interminables sobre que era mejor, la navaja o la maquinita -como llamaban a la otra-. El peluquero y mi abuelo defendían la navaja y decían que mi papá no entendía nada porque era joven. Más adelante mi papá me iba a decir lo mismo a mí -que yo no entendía nada porque era joven-. Siempre los viejos se creen que los jóvenes no entienden. A veces tienen razón, otras, son ellos los que no entienden. Pero, durante la semana, el tatata se afeitaba solo. Después, no sé si fue porque tuvo más plata o por los fomentos, el tatata los sábados iba a la peluquería. Corte de cabello, afeitada, fomentos, cuidado de manos. Esto último mi papá no lo entendía. Le parecía cosa de "minas". Que lío con esta palabra. Mucho tiempo creí que los mineros eran los hombres que tenían muchas "minas". Después eran los que andaban sucios de carbón y tomaban mucho vino. Recién empecé a entender un poco más, cuando empecé a apoyar sus huelgas. Mientras, yo miraba asustado la cara de mi abuelo envuelta en toallas que echaban humo, después me dijeron que era vapor, lo que no me aclaraba demasiado. Carmelo para calmarme me daba algún caramelo. ¡Qué ricos que eran! Nunca me di cuenta hasta ahora, que Carmelo y caramelo suenan parecido. ¡Qué nombre Carmelo! Eran otras épocas, los nombres eran más impresionantes. Mi papá tenía un primo, bah, el esposo de una prima, bueno tampoco, porque en la casa en que vivía estaba casado con otra mujer. A la prima de mi papá la visitaba seguido. Era linda la prima de mi papá. ¡Tan rubia...! Mi mamá decía que era falsa, que era rubia oxigenada. También me llevó mucho tiempo entender que diferencia hay entre las rubias y las rubias oxigenadas. Ella también tenía un nombre imponente, se llamaba Fermina, y él, el esposo que no era, pero que andaba en piyama por la casa de ella, se llamaba Marcial. Y lo era, era grandote... ¡mucho más que mi papá!, sin embargo no era militar. Decían que la había conocido en el Maipo, porque Fermina era corista del Maipo. Yo creía que cantaba. Pero no, parece que bailaba. Con muy poca ropa. Mi mamá la criticaba por eso, y porque tenía un hijo de padre desconocido. David se llamaba. Siempre me desconcertó que tuviera ese nombre. Más, cuando por un amigo de mi papá que se llamaba igual, me di cuenta que era un nombre que usaban los judíos. ¿Habrá sido judío el padre desconocido del primito de mi papá? Primito le decían, aunque era grande, un poco menor que mi papá, pero no mucho. Porque parece que Fermina lo había tenido cuando era muy chica. Se ve que algo le pasó a David con esa mamá, porque en vez de novias tenía novios. Pero me enganché con los nombres y me fui de la peluquería. Era grande, linda, con baldosas blancas y negras como tablero de damas. Tenía una máquina grande como un tanque de acero, brillante, con un globo grande arriba. De ahí sacaba Carmelo los fomentos. Yo me imaginaba que si se enojaba, me podía tirar adentro y que eso sería como el infierno del que me contaba siempre mi tía Yolanda (otro nombre de esa época) Pero la verdad, Carmelo nunca me hizo nada malo. Fuera de cortarme el pelo. Pero que linda la peluquería. Grande como salón de baile. Casi como el correo que estaba al lado, con su buzón rojo en la puerta. Y el bar billares. Jugaban los Navarrita ahí. Que genios. Con un taco, tres bolas de marfil y un paño verde eran capaces de hacer cualquier pirueta. Pero a ellos no los retaban. A mí sí, no me dejaban hacer piruetas porque decían que me podía lastimar. Hasta me ligaba algún chirlo por hacer piruetas. Yo no entendía. ¿Si no querían que me lastimara, por qué me pegaban? Enfrente estaba la plaza. Que linda la plaza Flores. Primero por sus juegos. Después por las carreras de sortija el día de la tradición. Después por las novias, los bancos, y las promesas. ¡Qué lindas son las promesas! En la librería que funcionaba al lado del correo, además de papel, sobre y lacre, vendían muchas cosas más. Entre ellas, unas tarjetas que traían declaraciones de amor para hacer en verso. Tal vez desde entonces se diga: "hacer el verso". El negro, mi primo que había llegado a jugar en la 3ª de Lanús y cantaba tangos, se las compraba, y cuando íbamos a bailar le recitaba de memoria a su compañera de baile la que correspondiera, según el color de pelo o de ojos. Y ellas se ponían locas, se creían que mi primo era un poeta. Se ve que no sabían lo de las tarjetas. Y él se reía con esa risa ingenua que tenía, creyéndose que era un "piola" bárbaro. Un buen tipo mi primo, un poco vago, pero buen tipo. Se recibió de letrista. Pintaba carteles para inmobiliarias, negocios y vidrieras. Vaya a saber por donde andará ahora mi primo el negro. La peluquería en el frente tenía un gran cilindro inclinado pintado a bandas blancas y rojas. Siempre parecía que estaba dando vueltas. ¿O estaría dando vueltas?
Mi abuelo el coronel, después de cada afeitada en la pensión, le regalaba la hojita que había usado a mi papá. Y mi papá la usaba tres o cuatro veces más. El tatata decía que a él le raspaban. Mi papá decía que no, que eran mañas de viejo, que las hojitas todavía servían. No creo ni una, ni otra cosa. Creo que lo que pasaba, era que esa era la forma que mi abuelo había encontrado para regalarle las yilets, y mi papá para aceptarlas. Disimulaban así, la diferencia económica que a mi padre lo agobiaba y a mi abuelo le dolía. Entenado, había sabido de pobrezas.
El coronel todas las semanas le compraba a Carmelo el mismo número de la lotería. La ilusión mayor era para navidad. Nunca sacó más que terminación. ¿Con que fantasearía mi abuelo cada vez que se compraba un número? ¿Repartir la plata entre los hijos, comprarse algo él, mandarle una parte a la "querida" que había dejado en Jujuy? Vaya a saber. Lo evidente, es que no era rico cómo creíamos nosotros.
Tres meses después de su muerte, pasó mi madre por la puerta de la peluquería. Carmelo la vio a través de la vidriera. La llamó, -señora, señora...- (en esa época todavía mucha gente se trataba con respeto) Mi mamá se dio vuelta y lo esperó, se dio cuenta de que algo le quería decir. Y se lo dijo. -¿Sabe? esta semana salió con el primer premio, el número que su papá me compraba todas las semanas.

La calesita de Yerbal


De las primeras veces que me llevaron, no me acuerdo. Según me dijeron fue a la del parque Lezama, en brazos. ¿Habrá sido de mi mamá o de mi papá? Me acuerdo de la de Yerbal. También la miraba de abajo. Los caballitos me parecían terriblemente altos. El coronel quería que anduviera solo en ellos. Quería que fuera valiente. Yo no. Estaba seguro que me iba a caer, y el suelo estaba muy lejos, además de que la calesita daba vueltas e iba rápido. Por lo menos así lo sentía yo y me daba mucho miedo. Así que las primeras vueltas también fueron en brazos, tampoco me acuerdo de quien. Después me sentaron en un asiento ancho y seguro, en lo que parecía un carro. Mis pies no tocaban el suelo, colgaban, pero no estaban tan lejos del mismo. Además el carruaje estaba sobre el suelo de la calesita y lejos de los bordes. Ahí me sentía seguro. Aunque en cada vuelta no podía dejar de mirar a ver si mi mamá, o mi papá, o el coronel estaban. ¿Y si se olvidaban de mí y se iban? Pero no, siempre estaban. Así que poco a poco me fui ocupando de otras cosas. La primera que atrajo mi atención fue la sortija. Y los otros chicos que me fascinaban. Parados trenzaban sus piernas en el fierro que sostenía el techo de la calesita (siempre con forma de bonete de payaso). ¡Esos sí que eran grandes! Y tenían que pelearla, porque el calesitero hacía lo imposible para que no la saquen. Movía endiabladamente la muñeca y hacía mil piruetas con la pera de madera y la sortija. Pero alguno de ellos, siempre se la sacaba. Algunos se combinaban. Iban uno detrás de otro, ocupando varios palos de la calesita. Finalmente alguno lo agarraba cansado o mareado, que se yo, y se la sacaba.  ¡Esos sí que eran grandes! No los chiquitos que sentados en los caballitos, estiraban la mano y el calesitero les ponía la sortija. ¡Así cualquiera! Jamás hice eso. Me daba vergüenza.
Cuando crecí un poco quise subir solo a la calesita. Me agarraba del fierro y tiraba levantando mi pata izquierda. ¡Que alegría el día que lo logré! Ahí sí sentí que había crecido. Y la sonrisa del tatata. Todos los domingos me daba un peso el coronel. Yo me los gastaba en figuritas y calesita. Más adelante vinieron las bolitas. Figuritas Godet. Venían con los chocolatines. Era fantástico. ¡Con lo que me gustaban los chocolatines! Encima traían esas figuritas tan hermosas. Brillantes, con los aviones y los soldados de la segunda guerra. La que más me gustaba era la del paracaidista cayendo con su paracaídas abierto y su ametralladora en los brazos, listo para tirar tiros. ¡Ese era valiente de verdad! Cuando me sacaba una y la miraba, me daba un poco de vergüenza recordar mi miedo a montar el caballito alto de la calesita. Pero después me consolaba pensando que al fin y al cabo yo era chiquito y el soldado grande. Seguro que cuando fuera grande yo también me tiraría en paracaídas con mi ametralladora bajo el brazo.
Cuando aprendí a subirme solo a la calesita, me di cuenta que había chicos que se subían con la calesita andando,  y que se largaban andando también. ¡Igual que los grandes en el tranvía... y el colectivo! Se me metió en la cabeza que yo también tenía que hacer eso. Para ser grande... Así que un día, mientras esperábamos que parara la calesita, me solté de la mano que me tenía y salí corriendo. Cuando pasó el primer palo de la calesita salté y me agarré fuerte... y la calesita me arrastró un ratito. El suficiente para que las rodillas me sangraran como nunca había visto. ¡Qué jabón! Pero lo que pasó fue que cuando no alcancé al piso de la calesita y me quedé colgando pensé, -si me suelto me mato- y aunque aún no sabía que quería decir matarse, sabía que era algo terrible, porque mi papá siempre lo decía con tono terrible, así que decidí no soltarme por más que las rodillas me raspaban y mi cuerpo pegaba de un lado para otro haciéndome acordar a las banderas con el viento. Las manos de las que me había soltado vinieron rápido a socorrerme y consolarme, porque como se imaginaran lloraba como un marrano. Tampoco sabía que era un marrano, pero cuando lloraba mucho, mi papá me decía que lloraba como un marrano. Un día supe que era llorar como un marrano y no me gustó. Me habían llevado al campo, a un lugar que tenía criadero de chanchos. Parece que había una fiesta grande. Se casaba alguien. Tal vez la hija del dueño. Sí, debe haber sido la hija del dueño, porque había tanta gente junta como yo no había visto nunca. Y encima comiendo. Me dieron ensalada de apio. Nunca volví a comer un apio tan rico. Y en un momento un señor juntó a todos los chicos que empezaron a gritar ¡padrino pelado! ¡padrino pelado! y a mí me extrañaba  porque si bien era viejo, tenía como 35 años, no era para nada pelado. Se ve que todavía no era lo suficientemente viejo para ser pelado. Aunque yo conocía muchos viejos -mis 2 abuelos- que no eran pelados. Y el señor que no era pelado, igual no se ofendía y encima entró a tirar monedas para el aire. Así que cuando vi eso me tiré con el montón a agarrar todas las que pudiera. Pero estaba lleno de chicos más grandes que yo, así que tironeando y revolcado no agarré más que dos. ¡Qué lástima! Porque el padrino que no era pelado pero sí viejo, había tirado un montón. Bueno, en esa fiesta, no sé a santo de qué, (esta frase tampoco sabía que quería decir pero se la escuchaba decir a mi papá cuando algo que hacía mi mamá lo malhumoraba) nos llevaron a conocer los criaderos. Cuando íbamos llegando al de chanchos, sentí unos gritos espantosos  por los que pensé que estaban fajando a algún chico como yo, pero no, estaban degollando a un lechón, que también era chico pero chancho. Los únicos que había visto hasta entonces (no había televisión) era a los tres chanchitos dibujado en las ediciones de Constancio C. Vigil. Eran tan lindos y simpáticos, lo que era lógico, porque eran buenos. Dos un poco vagos, pero buenos. No malos como el lobo. Ese sí que era feo y malo. Además el tercer chanchito además de bueno era trabajador y encima con el oficio de mi papá y de mi abuelo el de los ojos tristes y los grandes bigotes. Así que no me gustó ver degollar al chanchito encima de una carretilla. Tampoco que juntaran la sangre para hacer morcilla. Ya cuando fui grande, tenía como 10 años, vi degollar chivitos. Me daba un poco de pena, mucho no me gustaba, pero lo disimulaba porque mis primas se ponían a llorar como unas tontas. En general las mujeres no querían ver como los degollaban. Así que yo me las aguantaba, porque mi papá me lo decía siempre -los hombres no lloran- Así que estaban las mujeres que lloraban, los hombres que no llorábamos y mi mamá. Ella tampoco lloraba, sin embargo no era hombre. Bueno, era mi mamá.
Pero vuelvo a la calesita, porque me gustaba mucho la calesita. Tenía esa música... que después se fue perdiendo... ¡Qué lástima que se fue perdiendo, alegraba el corazón! Nunca me expliqué como se podía alegrar el corazón, pero además de que mi papá lo decía, yo sentía que se me alegraba mi corazón cuando cruzábamos para ir a la calesita y yo iba escuchando esa música. No sé que pieza tocaban, parecían todas iguales, pero tenían ese sonido que después le escuché al organillero -el del loro y las tarjetas con la suerte-. ¡Qué lindo sonido! Luego no lo escuché más. Peor todavía, cuando llevaba a mis chicos, pasaban a palito Ortega cantando La Felicidad. No podía entender como podía ser feliz cantando tan mal. Se los digo yo que soy muy infeliz porque canto muy mal. Bueno, pero vuelvo porque me estoy yendo otra vez. Finalmente aprendí a subir caminando a la calesita. Así que tenía que aprender a largarme caminando como hacían los otros y los grandes de los tranvías y colectivos. Así que un día junté coraje y me tiré. Claro lo que yo no había observado era que para hacerlo había que hacerlo en el mismo sentido que iba la calesita. Me largué en sentido contrario, para que mi mamá que había quedado atrás me viera. Me vio... como me caía otra vez, esta vez de culo. Pero esta vez no lloré, no había sangre. Sólo el sacudón... y el susto. Cuando mis pies tocaron el suelo, sentí que todo se frenaba de golpe y que me tiraba para atrás. Los pies clavados en la tierra y la calesita que pasaba. Tuve miedo que la cabeza se me fuera abajo de la calesita, no tenía de donde agarrarme. Otra vez vi todo de abajo. Pero esta vez no me causó gracia, porque había muchos ojos mirándome de arriba y mi mamá retándome, total como no lloraba, era seguro que no me había pasado nada. Pero a mí la cola me dolía, pero estaba decidido a no llorar, me la iba a aguantar. Los hombres no lloran.
Unos años después (Más o menos 15), con el gordo Fresco salimos a la madrugada del Centro de Estudiantes casi totalmente borrachos. Habíamos perdido las elecciones y habíamos ido a festejar con los ganadores... ¿o a tratar de olvidar la derrota? no sé, pero estábamos repasados de vino. Me quedé dormido en la vereda del Congreso hasta que sentí las patadas del gordo en las costillas tratando de ver si me había muerto o estaba nada más que dormido. Estaba nada más que dormido. Entonces me dijo, -vení rajá que se nos escapa el 26, era el único de la noche. Así que a correr y subir con el bondi caminando. Llevaba en la derecha una valija llena de libros, así que me agarré con la izquierda, pero encima, del pasamanos trasero de la puerta delantera. Quedé mal posicionado y encima los libros me hicieron de contrapeso en mi brazo malo, así que fui a parar abajo del colectivo, por suerte el chofer no había chupado y frenó a tiempo cuando vi las ruedas traseras que se me venían encima de la panza. Ahí me acordé de la calesita y lamenté no haber practicado más. Aunque siempre subía y bajaba del transporte en movimiento, como dice el cartelito que no hay que hacer. Así que no, no era falta de práctica, era que había chupado mucho. Esta vez tampoco me sirvió ver todo desde abajo. También me encontré con un montón de ojos. Pero ahora, me puteaban.